Foto: (Copyright: Tim Dobrovolny)

Katja Weitzenböck

Nació en Tokio (Japón), dos años más tarde se mudó con su familia a Erlangen (Alemania). A partir de cuarto fue a la Escuela Rudolf Steiner de Núremberg hasta acabar el bachillerato. Luego se fue unos años a Sídney, Australia, posteriormente a Nueva York (EE.UU.) y en París (Francia), donde vivió cinco años, se formó como actriz. Volvió a Alemania y pronto se estableció como actriz de cine y televisión. Desde 2013 también se ha subido cada vez con más frecuencia a los escenarios.

“No me gustaría haberme perdido mi época escolar en la escuela Waldorf. Y eso pese que, en mi caso, los malos recuerdos superan los buenos. Guardo dos preciadas experiencias de esa época. Por un lado, los múltiples encuentros con materiales distintos: madera, arcilla, metal, papel, telas, colores, tierra. Conocí estos materiales, conocí su esencia y aun hoy me sigo sintiendo segura y a gusto con ellos. Confío en mis manos.

La otra experiencia fue aun más importante para mi vida porque marcó la elección de mi profesión: la obra de la doceava clase. Representamos en francés “Rhinocéros” de Ionesco. Me tocó el papel de Monsieur Botard, el auténtico malvado de la pieza, que debía interpretar como mujer, es decir, Madame Botard. Así es como pude gozar inesperadamente de la libertad del malvado más allá de la moral y la decencia. En un bolo en otra escuela se desplomó el bastidor. Y ocurrió algo que jamás olvidaré. Como Madam Botard, de alguna forma logré incorporar este accidente en la historia. La improvisación me hizo sentir como si volara. Fue la vivencia más bonita, intensa y fuerte de toda mi etapa escolar.

Viví conscientemente la absoluta libertad. Cuando unos años más tarde me pregunté qué quería hacer con mi vida (no lo que debía hacer), sino lo qué más me apetecía, pensé en ese momento y me convertí en actriz. Incluso hoy busco a intento encontrar ese estado, que naturalmente no dura mucho: cuando mi personaje actúa por si solo, mi preparación actúa pero yo no lo guío de una forma consciente. Cuando mi personaje me sorprende con gestos, acciones, pensamientos y opiniones, cuando soy solo puedo ser un mero testigo y simplemente disfruto volando. Entonces mi personaje me cuenta verdades universales y humanas. Estos son para mi momentos de felicidad absoluta.

 

¿Y los malos recuerdos? Empecé a ir a la Escuela Rudolf Steiner de Núremberg en cuarto tras haber acudido a un escuela pública de educación primaria normal en Erlangen donde estaba muy a gusto. A parte del largo camino hasta la escuela, en mi clase de la Escuela Waldorf tenía un rol especial: era una alumna más alta, mejor, más ambiciosa y enrojecía antes que todos los demás. En la clase había un grupo de chicos que había creado una banda. Pero no podían tocar en la escuela porque la música amplificada no estaba “bien vista” y estaba prohibida en el mundo Waldorf. Eso generó resentimiento. Cuando llegamos a bachillerato, nuestra venerada y joven maestra los delató ante los otros docentes; los chicos, enfadados, hicieron un llamamiento al boicot. Me resistí, aunque solo fuera porque no me apetecía pasar tiempo en la escuela castigada y perder el autobús. Además, me había acostumbrado a participar activamente en clase, porque así el tiempo pasaba más rápido y no tenía que estudiar en casa por la tarde.

Así que durante mis años de bachillerato me convertí en el objetivo de estos chicos, que liberaban su tensión y resentimiento en mi y el profesorado. Casi todo lo que salía de mi boca era desacreditado del todo. En ese momento, el profesorado jamás dijo nada, e ignoró la situación por completo. En casa tampoco se lo conté a nadie; no tenía palabras para todo ello, y lidié con eso yo sola.

Al final, me ha costado muchos años de  duro trabajo aprender a sentir compasión y comprensión por la chica que fui. La chica que juró que jamás diría que su época escolar fue buena. No me importa lo grande que se supone que es la escuela Waldorf. A eso quiero cuando hablo de mi época escolar quiero atenerme a eso.

Creo que la Escuela Waldorf School, más que otras escuelas, ofrece experiencias de modo que todos los niños tienen la oportunidad de encontrar algo que se corresponde a su imagen interior, a su idea interior, como me ocurrió en esa representación teatral. Por otro lado, el peligro de una escuela nutrida de ideología es que las personas miran hacia otro lado cuando algo no encaja con su forma de ver el mundo. Según el lema: “lo que no debería ser, no puede ser”.

Felicito el movimiento Waldorf por el centenario, le deseo mucha suerte y muchos éxitos en los próximos cien años y añado un ruego muy personal: ¡cuidado con las anteojeras antroposóficas!

Vuestra Katja Weitzenböck

Foto: (Copyright: Tim Dobrovolny)
Foto: (Copyright: Katy Otto)

Janis McDavid

Nació en Hamburgo (Alemania) y creció en Ruhrpott donde fue a la Escuela Rudolf Steiner de Bochum. Estudió ciencias económicas en Witten/Herdecke y ya ha publicado su primer libro: "Dein bestes Leben: Vom Mut, über sich hinauszuwachsen und Unmögliches möglich zu machen“ (Tu mejor vida: El coraje de ir más allá de tu mismo y hacer posible lo imposible). También es un experto implicado en el Bundestag, el parlamento alemán, es animador de UNICEF, embajador de la marca "YES, YOU CAN" y ganador del concurso International Speaker Slam 2018 de Hamburgo.

“Uno puede pensar y decir lo que quiera de la escuela Waldorf. Yo estoy contento de haber podido disfrutar de esta educación y de todas las cosas tan diferentes que aprendí. Rápidamente he experimentado el valor de cuán importante es adquirir una personalidad en la escuela, de ser una persona con inteligencia emocional, con sentido de la responsabilidad y un gran abanico de habilidades. ¡Porque estoy convencido de que todos los niños tienen fortalezas que están esperando ser descubiertas!

Foto: (Copyright: Katy Otto)

Thomas Christian Südhof

Creció en Göttingen y Hannover (Alemania) donde fue a la Escuela Waldorf hasta terminar el bachillerato. Tras estudiar Medicina y doctorarse, se fue a Dallas (EE.UU) donde ejerció de profesor de genética molecular. Hoy día es profesor en la Universidad de Stanford y se dedica a la investigación de las sinapsis. En 2013 fue galardonado, junto con James Rothman y Randy Schekman el Premio Nobel de Fisiología y Medicina.

“Entré en la Escuela Waldorf de Hannover en segundo donde estudié hasta acabar el bachillerato cuando mi familia se mudó a la ciudad. Luego estudié medicina y más tarde seguí una trayectoria científica que pronto me llevó a los Estados Unidos, donde vivo desde hace casi más de 40 años. Tengo un grato recuerdo de mi época como alumno de una escuela Waldorf, me marcó y tengo un recuerdo mayormente positivo. Dos aspectos fueron de especial importancia para mi desarrollo. En primer lugar, los impresionantes docentes que me dieron clase. Desde entonces he tenido pocas ocasiones más de encontrar personas tan convincentes e interesantes, la experiencia con estas personalidades ha resultado una contribución permanente en mi vida, especialmente porque a menudo debatía con estos profesores y discrepábamos por completo. En segundo lugar, la libertad de pensamiento y acción de que disfruté en la escuela. En general, podía desarrollar mis propios proyectos e ideas, lo que me enseñó a ser independiente. Por estos motivos estoy muy agradecido a la Escuela Waldorf de Hannover y a su profesorado por la educación que me han brindado.”

(Para saber más del Prof. Südhof véase este Vídeo-entrevista con él).

Moritz Rinke
Foto: Quelle: Rowohlt Verlag

Moritz Rinke

Nacido en Worpswede (Alemania), Moritz Rinke es uno de los principales escritores de su generación y dirige el programa de autores del teatro Berliner Ensemble.

“Hace un par de días hablé por teléfono con mi antigua profesora de inglés de la Escuela Waldorf de Ottersberg (Alemania), que también se encargaba de poner en escena y supervisar las funciones teatrales de la escuela por ejemplo, la función de octavo. Entretanto, ya debe de rondar los noventa pero levantó rápidamente el auricular del teléfono para felicitarme por mi nombramiento de la Berliner Ensemble. Escuchar su voz  de anciana pero todavía familiar fue como volver a estar de golpe en el escenario de la escuela, en plena infancia. Probablemente por eso estoy tan agradecido a la escuela. Nos dejaba jugar, probar, fantasear como estaba previsto para los escolares en una sociedad que tal vez entonces ya estaba orientada al rendimiento. Y hablando por mí, solo puedo decir que así lo he ganado todo.“

Foto: Quelle: Rowohlt Verlag
Foto: (Copyright: Heike Blenk)

Karoline Eichhorn

Ella nació en Stuttgart donde también fue al colegio, la escuela Waldorf de Kräherwald. Luego fue a la Escuela de Arte Dramático Folkwang de Essen y cuenta con una larga trayectoria como actriz de teatro. Desde los años noventa trabaja habitualmente en televisión y cine, recientemente se la ha podido ver en la serie de Netflix "Dark".

"A ver, ¿qué supuso la época escolar para mi? ¿Qué me acompañó, apoyó e impulsó?

Creo que me dio la oportunidad de poderme desarrollar individualmente sin presión alguna. Cuando hablamos de nuestra época escolar con mis amigos de entonces, que, por cierto, siguen formando parte de mi círculo de amistades, siempre acabamos hablando de lo mismo: del tiempo y el apoyo que recibimos para podernos embarcar en un viaje y poder en cambio considerar sin presión (por ejemplo, sin tener notas hasta la doceava clase, sin cambiar de centro desde la primera hasta la decimotercera clase, las clases por épocas) a favor y en contra de qué me decantaba yo misma. Sí, ¿quién soy y quién quiero ser? Son grandes preguntas, no tengo ni idea de si jamás encontraremos las respuestas pero por el camino hemos ido cargando una mochila en la espalda bien llena que nos ha permitido mirar el mundo con atención, desarrollar una consciencia por nosotros mismos, los demás y el entorno.

Y si miro a mi alrededor, veo que todos los alumnos Waldorf que conozco están más que satisfechos por el camino que han emprendido.

Foto: (Copyright: Heike Blenk)

Samuel Weiss

Nacido en Männedorf, cerca de Zúrich (Suiza), Samuel Weiss es un conocido actor de teatro. Además actúa en producciones cinematográficas y televisivas y es un laureado actor de teatro radiofónico. Con motivo del Centenario Waldorf, es miembro del jurado del Concurso de teatro.

“Cuando pienso en la escuela Waldorf primero pienso en una frase de Joseph Beuys: ‘Qué ha sido realmente de los alumnos Waldorf; de todas estas personas que cambian el mundo?’“

Así que primero siento esta obligación de contribuir, esa carga de tener que ser especial. Hasta la fecha ni he salvado el mundo ni me gusta cuando alguien me pregunta si sé bailar mi nombre. No me atrevo a afirmar que mi profesión cambia el mundo y, sin embargo, no hubiera sido actor sin la Escuela Waldorf. En la obra del doceavo grado tuve que representar al viejo Rey Lear. Es un papel que de hecho también es demasiado grande para un actor consolidado. A los diecisiete años, al menos sesenta años demasiado joven para el papel, intenté aventurarme en la locura de Shakespeare algo que desde luego me superó. Quería estar a la altura de ese monumental papel, llevando mis sentimientos a lo monumental a toda costa. Así que mi mayor deseo era poder llorar realmente desconsoladamente, deshaciéndome en un mar de lágrimas en mi última aparición con Cordelia muerta en los brazos. Para que realmente funcionara, ideé un truco. Justo antes de entrar en escena me puse a escondidas pasta de dientes en el ojo. Pero no surtió efecto. En vez de salir al escenario llorando, aparecí con los ojos espumeantes. El dentífrico era visible a ojos de todos y la situación por su puesto totalmente ridícula. No obstante, ocurrió un milagro, el público estaba en cierto modo emocionado, un proceso que aún hoy no me puedo explicar realmente. Puede que el público, detrás de ese truco desdeñoso con el dentífrico, viera un auténtico intento de acercarme a una emoción que era más grande que yo mismo. Precisamente, si se quería ver, lo ridículo remitía a lo sublime. Tal vez lo que había emocionado a los espectadores era que alguien se expusiera a esta contradicción entre la ridiculez y la locura. Y así di, si bien de forma involuntaria, con la esencia de la obra de Shakespeare. Puede que en este segundo yo fuera realmente algo especial, puede que también algo solo especialmente singular. He aquí la esencia de lo que me llevaría de la Escuela Waldorf. Por un lado, solo allí tuve la posibilidad de hacer de verdad mis pinitos artísticos con la literatura universal. Por otra parte, y eso me parece más importante, la Escuela Waldorf, había conseguido despertar mi curiosidad de simplemente probar las cosas. Y me dio el coraje de aguantar incluso cuando parece que uno está haciendo el ridículo.

En un mundo cada vez más frío y uniforme considero que esto es como un regalo. Aunque solo Josep Beuys podría decir si basta con dentífrico en el ojo para pasar a la elite.

En esto sentido: Querida Escuela Waldorf, ¡Felicidades en tus primeros cien años!

Josefina Elsler

Josefina Elsler fue a la escuela Waldorf más septentrional de Alemania, en Flensburgo y durante su época escolar fue una esprínter exitosa de Alemania. Actualmente estudia Periodismo y Deporte en Colonia.

Soy de estas personas a quien le gusta recordar su época escolar. Estoy contenta de haber tenido el privilegio de haber podido vivir la pedagogía Waldorf durante 13 años, además de los años de parvulario. La pedagogía Waldorf tiene muchas cualidades que conforman de un modo especial el aprendizaje y el desarrollo de los niños. Estoy convencida de que las actividades artísticas, sociales y artesanales y el refuerzo del individuo han contribuido de forma considerable a mi personalidad. A diferencia de muchos otros alumnos, tuve la suerte de poder seguir, junto a la escuela, mis propios intereses personales de modo que además del teatro y la música encontré en el atletismo mi forma expresión. Fue una mera casualidad que con 15 años llegara al atletismo donde encontré una nueva pasión en la disciplina principal, la de los 100 metros. 

Además del equilibrio corporal pude zambullirme en un mundo completamente nuevo. A menudo me decían: «¿Cómo casa la escuela Waldorf con un deporte individual basado en el rendimiento?»

Creo que necesité algo que no se puede evaluar de forma subjetiva sino que la evolución y los resultados se miden con tiempos y cifras. Los 100 metros lisos van de perfección, una no se puede permitir ni un error si quiere competir al máximo nivel. Funcionar a este nivel supone un gran reto y produce muchos cosquilleos. Tras mi periodo escolar, afronté este reto y me concentré por completo en este deporte. Estuve en la línea de salida luciendo el mallot nacional de Alemania en campeonatos europeos y del mundo, celebré éxitos fantásticos y encajé dolorosas derrotas pero siempre seguí luchando. La visión profunda del deporte de alto rendimiento y las valiosas experiencias alrededor del mundo me han marcado y fortalecido. Sin embargo, jamás me pude involucrar al 100% puramente a la vida del deporte de alta competición, siempre busqué el equilibro creativo con actividades sociales. Cuando llegó el momento en el que me di cuenta de que no me podía desarrollar más, y de que me faltaba el sentido del propósito, decidí cerrar este capítulo vital. A diferencia de los procesos artísticos, por ejemplo, el deporte de competición está limitado por el cuerpo. Es bonito haber podido tomar esta decisión por mi misma; así echo la vista atrás hacia esa época con satisfacción y puedo invertir la fuerza de voluntad, la resistencia y la energía en otros proyectos.

Me alegra poner en marcha junto con las escuelas Waldorf un evento deportivo que va más allá del rendimiento individual, y que antepone la creación de lazos entre escuelas y lograr conjuntamente un objetivo deportivo. Estoy convencida de que los que apoyen este proyecto de tipo deportivo, da igual con qué intensidad, se llevarán un recuerdo maravilloso. Por experiencia puedo decir que superar los límites físicos es una sensación que a una le colma de orgullo y satisfacción.